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Viajar lento: ¿bendición o maldición?

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(c) http://weblogs.marylandweather.com

Ewan McIntosh, en edu.blogs.com comenta esta interesante travesía de David Randall de Roma a Inglaterra, debido a los vuelos cerrados por la nube del volcán que erupcionó en Islandia, las peripecias que debe seguir para encontrar otro vuelo, un taxi compartido con otros, un carro de alquiler para pasar el ferry hacia Dover, el apoyo de alguien para no quedarse a la intemperie en una noche congelada…

(c) http://www.chicagobreakingnews.com

Ewan comenta que viajar despacio ha hecho que las personas hablen más, más de lo usual que sucede en aeropuertos. Han descubierto un poco más quién es su vecino de asiento, historías maravillosas y concidencias geniales.

Recordaba este magnífico texto autobiográfico de  Gabriel García Márquez, “Vivir para contarla”,  en la que describe los viajes que hacía por barco por le río Magdalena durante su época de estudios en Bogotá. “Hoy me atrevo a decir que lo único por lo que quisiera volver a ser niño es para gozar otra vez de aquel viaje… ( ) Ahora es raro que alguien conozca a alguien en los aviones. En los buques fluviales los estudiantes terminábamos por parecer una sola familia, pues no poníamos de acuerdo todos los años para coincidir en el viaje. A veces el buque encallaba hasta quince días en un banco de arena. Nadie se preocupaba, pues la fiesta seguía, y una carta del capitán con el escudo de su anillo servía de excusa para llegar tarde al colegio…”

Los viajes de hoy tienden a ser impersonales mientras más sofisticados son. Habría que ver los viajes en las camionetas en la sierra, o las lanchas en la selva. Por eso, más allá de lo rápido o lento que se viaje, lo que importa es la actitud que tengamos: el viaje como una experiencia humana o no, en la que el mismo viaje, el mismo trayecto puede ser tan importante como llegar a nuestro destino….

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Los doce inquilinos

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(c) NASAEl diario El País hace un reportaje por los 40 años de que el ser humano llegó a la Luna: los 12 inquilinos. Dice: “Seis expediciones alunizaron y una docena de sus hombres, varones y blancos, dejaron sus huellas indelebles. Todos menos uno abandonaron la NASA. Mitchell se dedicó a los fenómenos paranormales, Bean pinta la Luna, Irwin fundó la congregación religiosa.”

No importa mucho qué fue de ellos. Más allá de sus historias personales que han sido recordadas en estos días, lo que importa es lo que su hazaña despertó en todos nosotros: esa idea tan humana de que somos capaces de ir mucho más allá de las fronteras de lo posible. La luna, las estrellas, forman parte del imaginario colectivo. Es cierto que en nuestras ciudades iluminadas, llenas de neón y de luminarias es cada vez más difícil mirar las estrellas y admirarnos por la inmensidad del universo. Pero, he allí que lo que Amstrong y sus compañeros consiguieron fue mostrar que podemos ir más lejos de nosotros mismos, y de nuestras limitaciones humanas. Son apenas cuarenta años y sin embargo recién comenzamos esta aventura que seguirá más allá de las estrellas.

Leer es viajar… a 30 mil pies

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Shefali Bhushan
Tomado de Flickr: Shefali Bhushan

La primera parte del título proviene de un irreverente artículo de Hugo Neira que salió publicado en La República a comienzos de diciembre del año pasado. Comparto con él la afición a leer libros en los viajes en avión, comenzando en las salas de espera de los aeropuertos, en las que a veces hay que estar el doble del tiempo que en el vuelo mismo. Para comenzar hay que evitar enredarse en explicaciones de rigor como “Ladies and gentlemen, welcome on board…”, “las salidas son…”, “en caso de emergencia, máscaras de oxígeno…” (a pesar de que sabemos que si se trata de “esas” emergencias, lo único que nos quedaría es rezar).  Luego, hay que resistir la tentación de la revista de a bordo porque a pesar de algunas páginas que pueden sonar interesantes (una vez encontré una magnífica entrevista al escritor chileno Antonio Skarmeta), el 99% de las veces son contenidos pensando en un público cautivo, con sus hoteles por aquí, y las vacaciones soñadas por allá, visite acá, vaya por allá, apréndase el plano del aeropuerto de acullá, o simplemente trate de descifrar como llenar el formulario IEW-98 para pasar por immigraciones (que los peruanos tenemos que llenar de todas maneras porque incluso para Timboctú necesitamos visa, reforzando nuestra estima nacional). Si todavía no nos hemos distraído, vienen luego los videos a bordo y el ritual del snack, en cajitas, bandejitas, “qué desea para beber”. No sé si todos estos ritos son para hacer “placentero” un viaje (aunque en clase económica esto significa medio metro cuadrado por persona, que no alcanza ni para estirar las piernas sin darse con algo), o para hacernos olvidar que a 30,000 pies de altura siempre hay la duda si llegar al destino no es 100% cierto sino 99% probable.

Por eso, como dice Hugo Neira, prefiero leer, y engancharme en un viaje dentro de otro. En mi vida adulta no he podido hacer lo que hacía algunas veces en mi adolescencia, que era coger un libro y estar con él hasta terminarlo, un día o dos sin parar sino sólo para comer y dormir. Leer es un viaje y, como en uno de mis textos favoritos, “El amor en tiempos del cólera” de García Marquez, uno quisiera a veces que llegando al puerto (o aeropuerto, no importa eso ya), pudiéramos izar la bandera amarilla del cólera, y tomar el rumbo de vuelta para que la historia no acabe nunca…