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No se puede vivir sin libros

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(c) Tomado de Flickr: Irene Adler
(c) Tomado de Flickr: Irene Adler

“Yo ya no puedo vivir sin libros. Dejar de leerlos, o de escucharlos si ya no puedo ver, será lo mismo que morir…” Francisco Mouat, columnista del diario El Mercurio comparte su afición y pasión por los libros en su reciente artículo “Leer, Vivir, Perder”. Comenta como, con un dinero que recibió inesperadamente una plata y se fue rápidamente a comprar libros con su hija y le compró diez de uan vez, “libros que la estimulen, que le propongan un viaje, que la hagan atravesar un mapa literario en busca de placer, felicidad, conocimiento y por supuesto nuevas dudas esenciales, preguntas sin respuesta o con muchas alternativas para elegir. No sé cuántos de esos libros serán finalmente leídos por ella, y no sé cuántos cumplirán el sueño de hacerse imprescindibles en su vida. Con que en su lectura haya unas pocas líneas felices me conformo…”

Soy también de los que se enamoran de los libros, de algunos de ellos, y me entusiasman con sus páginas. Eso me ha pasado generalmente con Vargas Llosa, con García Marquez, con Benedetti tanto en sus poemas como en sus cuentos… Los que me gustan los releo, como visitando un país que ya conozco en que siempre habrá novedades o recovecos que recorrer. Con algunos he reído a carcajadas o llorado desconsoladamente, como con los mejores de mis amigos. Algunos son clásicos reconocidos y otros son tesoros que he descubierto por azar… Como en las películas, hay algunos que comienzo a leer esperando ansiosamente una página que no deja de asombrarme…

“No se puede vivir sin libros”… Cierto, como no se puede vivir sin amigos, sin amores…

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“Estos días azules y este sol de infancia”

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antoniomachadoMe uno a los que han recordado a Antonio Machado a los 70 años de su muerte, el 22 de febrero de 1939, es decir, hace 70 años. El verso del título fue encontrado por su hermano en los bolsillos de su ropa, revelando su sensibilidad y esta pasión por las cosas que trashuma toda su poesía.

Como a muchos, los versos de Machado me han acompañado a lo largo de mi vida, en varias ocasiones, leídos o musicalizados por Serrat. Sólo quiero recordar aquél que inspiró al jesuita Carlos Vallés a escribir uno de sus libros más bellos, que habla sobre el desprendimiento y la voluntad de estar preparados para marchar, cuando nos toque, como mi padre y algunos amigos que ya emprendieron el camino sin retorno…

“…Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.”

Leer es viajar… a 30 mil pies

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Shefali Bhushan
Tomado de Flickr: Shefali Bhushan

La primera parte del título proviene de un irreverente artículo de Hugo Neira que salió publicado en La República a comienzos de diciembre del año pasado. Comparto con él la afición a leer libros en los viajes en avión, comenzando en las salas de espera de los aeropuertos, en las que a veces hay que estar el doble del tiempo que en el vuelo mismo. Para comenzar hay que evitar enredarse en explicaciones de rigor como “Ladies and gentlemen, welcome on board…”, “las salidas son…”, “en caso de emergencia, máscaras de oxígeno…” (a pesar de que sabemos que si se trata de “esas” emergencias, lo único que nos quedaría es rezar).  Luego, hay que resistir la tentación de la revista de a bordo porque a pesar de algunas páginas que pueden sonar interesantes (una vez encontré una magnífica entrevista al escritor chileno Antonio Skarmeta), el 99% de las veces son contenidos pensando en un público cautivo, con sus hoteles por aquí, y las vacaciones soñadas por allá, visite acá, vaya por allá, apréndase el plano del aeropuerto de acullá, o simplemente trate de descifrar como llenar el formulario IEW-98 para pasar por immigraciones (que los peruanos tenemos que llenar de todas maneras porque incluso para Timboctú necesitamos visa, reforzando nuestra estima nacional). Si todavía no nos hemos distraído, vienen luego los videos a bordo y el ritual del snack, en cajitas, bandejitas, “qué desea para beber”. No sé si todos estos ritos son para hacer “placentero” un viaje (aunque en clase económica esto significa medio metro cuadrado por persona, que no alcanza ni para estirar las piernas sin darse con algo), o para hacernos olvidar que a 30,000 pies de altura siempre hay la duda si llegar al destino no es 100% cierto sino 99% probable.

Por eso, como dice Hugo Neira, prefiero leer, y engancharme en un viaje dentro de otro. En mi vida adulta no he podido hacer lo que hacía algunas veces en mi adolescencia, que era coger un libro y estar con él hasta terminarlo, un día o dos sin parar sino sólo para comer y dormir. Leer es un viaje y, como en uno de mis textos favoritos, “El amor en tiempos del cólera” de García Marquez, uno quisiera a veces que llegando al puerto (o aeropuerto, no importa eso ya), pudiéramos izar la bandera amarilla del cólera, y tomar el rumbo de vuelta para que la historia no acabe nunca…