La iglesia de Sobrino

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paulovicente2Mi amigo Carlos Ching me hizo llegar una copia de la carta que Jon Sobrino le escribe a Ignacio Ellacuría. Sobrino es un jesuita salvadoreño, y fue compañero de Ellacuría, uno de los jesuitas asesinados por el ejército en 1989, en los años difíciles de la guerra interna en dicho país. Esta carta me conmovió por su lucidez y su franqueza. Para personas como yo, que estuvimos dentro de la iglesia católica y ahora vivimos en los márgenes, este testimonio nos da esperanza en medio del que llaman “invierno eclesial”.

Sobrino se pregunta sobre lo que va bien y lo que va mal en la iglesia, y busca razones de esperanza en las comunidades eclesiales que viven viviendo en el espíritu de Monseñor Romero, y en la generosidad de tantas personas que alimentan la fe a pesar de los grandes cambios que ha atravesado la iglesia. Sobrino cita a un amigo que le dice con una gran sencillez: “lo que salva a nuestra iglesia es la fe de los pobres” Y él concluye: “Así es, Ellacu (como cariñosamente llamaba a Ellacuría). Misteriosamente nos llevan en su fe.”

En su carta, Sobrino advierte sobre el pragmatismo cotidiano y esa forma de vivir la religiosidad que la llama “lo que hace feliz”, más centrada en liturgias y devociones intimistas. Es necesario, señala, no olvidar la centralidad del reino de Dios, al servicio de los pobres y excluidos. “Ellacu, Hoy no se habla mucho de ese Jesús de la cruz, ni de los conflictos históricos que siguen llevando a la cruz a innumerables seres humanos.” Hay que volver a preguntarse por qué muere Jesús y por que lo matan no sólo para reconocer nuevamente el misterio de Dios encarnado entre nosotros sino también para no ser ciegos ante la injusticia y la crueldad en el mundo, que siguen tan vigentes hoy.

Otro de los puntos sugerentes de la carta de Sobrino es su petición para que la iglesia sea más “maternal” y menos “magisterial. Dice, además “que por ser madre, la Iglesia no infantilice a sus hijos, no piense por ellos, no los sobreproteja y decida por ellos, de modo que nunca lleguen a ser adultos en la iglesia”. Una iglesia que debe volver a la intuición del Concilio Vaticano II y de la tradición latinoamericana, es decir, una iglesia “de” los pobres y no sólo una iglesia “para” los pobres. Sobrino critica la excesiva prudencia de hoy en la iglesia: “las reuniones de gente de iglesia no se parecen a las de antes, con diálogo, discusiones y decisiones de poner en práctica, como cuerpo, lo decidido.”

El testimonio de Sobrino me conmovió. Me hizo pensar en muchos amigos y amigas que siguen viviendo la experiencia eclesial con esperanza, a pesar de los sinsabores de cambios, comprometidos con las comunidades y con los pobres. Ellos también añoran la iglesia de Romero, de Rutilio Grande, de Angelelli. Es un aliciente para nosotros, los de la periferia, que no hemos perdido la esperanza de volver como hijos de un Padre que siempre será Padre bueno de todos sus hijos e hijas.

Ver el texto completo de la carta aquí.

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Comenzando un nuevo año

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400_f_7973703_sksolqmdwhblmmzoihdpczwi1fo2uipcMi primera resolución, al comenzar el 2009, es escribir este blog. Las ocupaciones de la casa, los estudios de la maestría, y los múltiples asuntos que uno se inventa para estar ocupado hicieron que esto fuera dejándose de lado. Pero, ahora sí…

Entonces, aquí van mis resoluciones para este año, lo que quiero hacer y lo que no quiero hacer:

1. Más tiempo con mis hijos (¿cómo se hace?) pero, sobre todo, dejar que sean niños conmigo sin tener que ir acomodando a mis expectativas de adulto.

2. Buscar a los amigos a quienes no veo hace tiempo, y dedicarles tiempo, que es mucho más que los correos electrónicos, los mensajes en Facebook o las llamadas por celular.

3. Volver a la guitarra, la mitad de mi memoria, porque si algo hay que hacer en medio de la rutina que esclaviza, es volver las melodías nuevas antiguas, a la música que nos conecta con lo mío y lo nuestro.

4. Pelear con la desconsideración y la indiferencia, los mayores pecados nacionales, esta cultura de sólo-importo-yo y que los demás se frieguen.

5. Hacer mi trabajo bien y pensar que lo que hago contribuye, de alguna manera y en una sucesión inexplicable de mecanismos y procesos, a mejorar un poco la vida de otros.

6. Hacer mi tesis (menuda tarea, entre las muchas otras obligaciones cotidianas), pero convertirla, como antes los estudios, en un pretexto para pensar, para enlzarme con otros en conversaciones significativas que den luz y sentido a mis/nuestros afanes.

7. Y, finalmente, permitirme ser feliz, con esa felicidad que nos llega a veces como como rocío de la mañana, manso y confortante, o como aguacero tropical, a manos llenas.