lectura

La geografía de mis libros

Posted on

Cada lector lee un libro desde algún lugar y desde algún tiempo. El mismo libro, leído en épocas distintas de nuestra vida, es un libro distinto.
Alonso Cueto. La piel del escritor. p. 85

Como dice Alonso Cueto, los libros nos acompañan, son parte de nuestra vida. Mi esposa dice que a veces veo una película que ya vi previamente sólo con el propósito de revisar una escena que me pareció buena, fascinante, reveladora. Pero esto que me pasa con el cine me pasa más con los libros. Tengo muchos de ellos amarrado a momentos de mi vida, a etapas de mi historia personal. Mi padre tenía en casa una pequeña biblioteca personal que yo comencé a explorar desde antes de los diez años. No he logrado que mis hijos se entusiasmen con la que yo tengo ahora en mi casa; será que tiene que competir fuertemente con las tabletas y otros electrónicos, en donde ellos leen, ven videos y escuchan música pero no es igual.
ConversacionMe gustaban en primer lugar, los libros de historia. Mi abuelo tenía un libro de viajes del año 1936 y yo viví un tiempo fascinado con los mapas de un mundo que ya no existía, con fronteras y países que eran otros. Muchos de mis juegos infantiles se los debo a ese libro y a las enciclopedias de las cuales copiaba los mapas e inventaba mundos y países nuevos.

En la biblioteca de mi padre leí, durante vacaciones de colegio, las obras señeras de Mario Vargas Llosa. Quedé fascinado por “La tía Julia y el escribidor” y “Conversación en la catedral”, pues a pesar de mis cortos años, me di cuenta que eran obras extraordinarias. Ya desde entonces comencé a entender que el Perú era más grande y complejo de lo que sospechaba.

Tomada de http://www.diarionoticias.pe
Tomada de http://www.diarionoticias.pe

1984En esos años, igualmente, tengo los recuerdos de la Biblioteca Municipal de Arequipa, de la calle Álvarez Thomas. En sus salas antiguas, en una época donde conseguir algunos libre era difícil, leí “1984” de George Orwell, antes que llegara la fecha apocalíptica, yendo día a día a la biblioteca y fascinado por la antiutopía que se parecía aún a uno de los escenarios de un mundo en que todavía estaba vigente la guerra fría.

colera

Viviendo ya en Lima, a fines de los 80, leí la que probablemente es una de mis obras preferidas: “El amor en los tiempos del cólera” Creo que nadie ha descrito de manera tan lúcida y sabrosa los avatares de una pareja a través de los años, pero también la fuerza del amor no correspondido.

GironellaEn Santiago de Chile leí la trilogía de novelas sobre la Guerra Civil Española, de José María Gironella, comenzando por “Los cipreses creen en Dios”, “Un millón de muertos” y finalmente, “Ha estallado la paz”. Sobre todo en la primera, me conmovió cómo la ideología convirtió a vecinos y amigos en combatientes y enemigos. Era tal vez, además, el contexto del Chile al que llegué: el último año del gobierno de Pinochet y el inicio de la vuelta a democracia con Patricio Aylwin. Con esto, y con lo que viví esos años allí, creí que un futuro era posible para el Perú, en esos años aún desgarrado por la violencia y el terror de Sendero.

En fin, esta es una lista incompleta que seguiré tejiendo. Pero, ustedes también pueden releer las etapas de su vida con los libros que, como amigos o amantes, los acompañaron en días luminosos, en noches febriles, en tiempos duros o esperanzadores.

Anuncios

No se puede vivir sin libros

Posted on Actualizado enn

(c) Tomado de Flickr: Irene Adler
(c) Tomado de Flickr: Irene Adler

“Yo ya no puedo vivir sin libros. Dejar de leerlos, o de escucharlos si ya no puedo ver, será lo mismo que morir…” Francisco Mouat, columnista del diario El Mercurio comparte su afición y pasión por los libros en su reciente artículo “Leer, Vivir, Perder”. Comenta como, con un dinero que recibió inesperadamente una plata y se fue rápidamente a comprar libros con su hija y le compró diez de uan vez, “libros que la estimulen, que le propongan un viaje, que la hagan atravesar un mapa literario en busca de placer, felicidad, conocimiento y por supuesto nuevas dudas esenciales, preguntas sin respuesta o con muchas alternativas para elegir. No sé cuántos de esos libros serán finalmente leídos por ella, y no sé cuántos cumplirán el sueño de hacerse imprescindibles en su vida. Con que en su lectura haya unas pocas líneas felices me conformo…”

Soy también de los que se enamoran de los libros, de algunos de ellos, y me entusiasman con sus páginas. Eso me ha pasado generalmente con Vargas Llosa, con García Marquez, con Benedetti tanto en sus poemas como en sus cuentos… Los que me gustan los releo, como visitando un país que ya conozco en que siempre habrá novedades o recovecos que recorrer. Con algunos he reído a carcajadas o llorado desconsoladamente, como con los mejores de mis amigos. Algunos son clásicos reconocidos y otros son tesoros que he descubierto por azar… Como en las películas, hay algunos que comienzo a leer esperando ansiosamente una página que no deja de asombrarme…

“No se puede vivir sin libros”… Cierto, como no se puede vivir sin amigos, sin amores…

Leer es viajar… a 30 mil pies

Posted on Actualizado enn

Shefali Bhushan
Tomado de Flickr: Shefali Bhushan

La primera parte del título proviene de un irreverente artículo de Hugo Neira que salió publicado en La República a comienzos de diciembre del año pasado. Comparto con él la afición a leer libros en los viajes en avión, comenzando en las salas de espera de los aeropuertos, en las que a veces hay que estar el doble del tiempo que en el vuelo mismo. Para comenzar hay que evitar enredarse en explicaciones de rigor como “Ladies and gentlemen, welcome on board…”, “las salidas son…”, “en caso de emergencia, máscaras de oxígeno…” (a pesar de que sabemos que si se trata de “esas” emergencias, lo único que nos quedaría es rezar).  Luego, hay que resistir la tentación de la revista de a bordo porque a pesar de algunas páginas que pueden sonar interesantes (una vez encontré una magnífica entrevista al escritor chileno Antonio Skarmeta), el 99% de las veces son contenidos pensando en un público cautivo, con sus hoteles por aquí, y las vacaciones soñadas por allá, visite acá, vaya por allá, apréndase el plano del aeropuerto de acullá, o simplemente trate de descifrar como llenar el formulario IEW-98 para pasar por immigraciones (que los peruanos tenemos que llenar de todas maneras porque incluso para Timboctú necesitamos visa, reforzando nuestra estima nacional). Si todavía no nos hemos distraído, vienen luego los videos a bordo y el ritual del snack, en cajitas, bandejitas, “qué desea para beber”. No sé si todos estos ritos son para hacer “placentero” un viaje (aunque en clase económica esto significa medio metro cuadrado por persona, que no alcanza ni para estirar las piernas sin darse con algo), o para hacernos olvidar que a 30,000 pies de altura siempre hay la duda si llegar al destino no es 100% cierto sino 99% probable.

Por eso, como dice Hugo Neira, prefiero leer, y engancharme en un viaje dentro de otro. En mi vida adulta no he podido hacer lo que hacía algunas veces en mi adolescencia, que era coger un libro y estar con él hasta terminarlo, un día o dos sin parar sino sólo para comer y dormir. Leer es un viaje y, como en uno de mis textos favoritos, “El amor en tiempos del cólera” de García Marquez, uno quisiera a veces que llegando al puerto (o aeropuerto, no importa eso ya), pudiéramos izar la bandera amarilla del cólera, y tomar el rumbo de vuelta para que la historia no acabe nunca…