Madre, ¿hay una sola?

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(c) Quino
(c) Quino

Saludos, mamás, abuelas, tías-que-hacen-de-mamás, esposas-mamás, etc., etc.

No me gusta mucho dar saludos por el Día de la Madre porque, en fin, siempre tiene algo de eso que se dice bien en inglés “patronazing” (¿condescendencia?, nunca sé cómo traducirlo). Pero, en fin, creo que puede ser ocasión para celebrar aquello que ustedes, mujeres, tienen más aprendido que nosotros: el cuidado de los otros, la atención de los más pequeños, los más débiles, los que comienzan la vida y los que la van terminando. Sin ese sentido de “cuidado” nuestras sociedades no podrían sostenerse, avanzar, desarrollarse. Y en una época como ésta en que parece privilegiarse la competitividad, la eficiencia a toda costa, el individualismo, los liderazgos agresivos, no es malo recordar que todos comenzamos conectados a los otros, mejor dicho a otra, por un cordón umbilical y que nuestro destino como seres humanos no está desligado de la suerte de los demás. Tal vez si no hubiésemos dejado de escuchar los latidos de este gran corazón al que estamos unidos (por algo, con sabiduría nuestros antiguos peruanos la llamaba, como hasta hoy, la “pacha mama”) no estaríamos lamentando hoy cosas como el calentamiento global, o la deforestación o la desnutrición crónica.

Mafalda tiene razón… Tenemos muchas mamás y detrás de muchos de los roles que cada una de ustedes juega, esperamos que siga latiendo fuerte, esa corriente que nos conecta al mundo y a los demás.

Hay muchas cosas que se han escrito sobre la maternidad pero nada me gusta tanto como el libro “Paula” de Isabel Allende, esta larga carta o testamento a su hija enferma. Este es uno de los pasajes más extraordinarios que comparto con ustedes en esta ocasión…

 “Los hijos condicionaron mi existencia, desde que nacieron no he vuelto a pensar en términos individuales, soy parte de un trío inseparable. En una oportunidad, hace varios años, quise darle prioridad a un amante, pero no me resultó y al final renuncié a él para volver a mi familia. Éste es un tema que debemos hablar más adelante, Paula, ya está bueno de mantenerlo en silencio. Nunca se me ocurrió que la maternidad fuera optativa, la consideraba inevitable, como las estaciones. Supe de mis embarazos antes que fueran confirmados por la ciencia, apareciste en un sueño, tal como después se me reveló tu hermano Nicolás. No he perdido esa habilidad y ahora puedo adivinar los hijos de mi nuera, soñé a mi nieto Alejandro antes que sus padres sospecharan que lo habían engendrado y sé que la criatura que nacerá en primavera será una niña y se llamará Andrea, pero Nicolás y Celia todavía no me creen y están planeando un ecosonograma y haciendo listas de nombres. En el primer sueño tenías dos años y te llamabas Paula, eras una chiquilla delgada, de pelo oscuro, grandes ojos negros y una mirada lánguida, como la de los mártires en los vitrales medievales de algunas iglesias. Vestías un abrigo y un sombrero a cuadros, parecidos al clásico atuendo de Sherlock Holmes. En los meses siguientes engordé tanto, que una mañana me agaché a ponerme los zapatos y me fui de cabeza con los pies en el aire, la sandía en la barriga había rodado hacia mi garganta desviando el centro de gravedad que nunca más regresó a su posición original porque todavía ando a tropezones en el mundo. Ese tiempo que estuviste dentro de mí fue de felicidad perfecta, no he vuelto a sentirme tan bien acompañada…”

 Brindo por ustedes, salud!!!

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