Coraline: una lectura personal

Posted on Actualizado enn

CoralineEste fin de semana fui con mis hijos a ver la película “Coraline” de Henry Selick. Como en otras ocasiones las películas infantiles, pueden estar llenas de lugares comunes, divertidas para los niños pero aburridas para los adultos. En este caso, sin embargo, y como me ha ocurrido varias veces, hay películas infantiles que revelan más cosas de los que uno pudiera esperar, dignas de poder ser analizadas, remiradas, repensadas.

En este caso, una niña de padres ocupados y displicentes, metidos cada uno en su laptop, vaga por la casa y encuentra una puerta que en las noches la lleva a otra dimensión. En ella, otros padres, que son todo lo opuesto, amorosos, le preparan comida de verdad, le prestan atención, le abren la puerta hacia un jardín maravilloso y la hacen sentir realmente importante. La diferencia: todos los personajes en este mundo paralelo, en vez de ojos, tienen un par de botones cosidos en la cara… Pero, como en esta vida, no puede ser verdad tanta belleza, pronto se devela el misterio. La “otra madre” resulta ser una bruja que quiere atrapar a Coraline, como hizo antes con otros niños, en este mundo de fantasía, que resulta siendo todo falso…

¿Fantasía o realidad? ¿No este es el tema recurrente de la filosofía? La vida nos enseña a sospechar de lo perfecto, de lo absolutamente transparente, hermoso, delicioso. Sencillamente, lo humano es la imperfección, la contradicción. Nuestros padres nunca fueron perfectos, aunque hayan tenido genialidades. Nosotros no somos padres perfectos, a pesar de nuestros esfuerzos. No existe el paraíso en la tierra, siempre estamos buscando algo más allá. Pronto se devela que el paraíso esconde tormentas y huracanes, nada bello dura para siempre. Por eso, la lección para Coraline, como también para nosotros, es que recordemos siempre lo precario de todo lo humano: no hay relación perfecta, amor romántico, paternidad sin complicaciones, trabajo ideal, amigos para siempre, ni isla de la fantasía. La felicidad existe, pero son oasis en medio de desiertos de mediocridad o nimiedad. Si no fuera así, ¿cómo saber que somos felices? Estamos aprendiendo siempre a vivir, aceptando las limitaciones y las falencias de nuestras decisiones, de nuestros caminos. Pero en medio de ello siempre hay flores de estación, momentos de lucidez, atardeceres luminosos, canciones en la niebla.  Hay que acptarlo, y aunque tenemos ojos y no botones, a veces ello no es suficiente y seguimos persiguiendo lo imposible…

Mucho para una niña de nueve y otra de siete, ¿no? Pero ya aprenderán alguna de estas lecciones, a su tiempo y a su manera, siguiendo su propio camino….

Anuncios