Nuestra vida (parcialmente) inventada

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“Es un error creer que soñamos y fantaseamos de la misma manera que vivimos. Por el contrario, fantaseamos de la misma manera que vivimos. Por el contrario, fantaseamos y soñamos lo que no vivimos, porque no lo vivimos y quisiéramos vivirlo. Por eso lo inventamos: para vivirlo de a mentiras, gracias a los espejismos seductores de quien nos cuenta las ficciones.” (Mario Vargas Llosa. “El Viaje a la Ficción. El Mundo de Juan Carlos Onetti”)

Vargas Llosa tiene una magnífica introducción en su último libro sobre Onetti que habla del valor de la ficción. Y cuenta además la manera como se gestó su libro “El hablador” basado en una historia sobre este personaje de los machiguengas del que escuchó hablar por primera vez a un misionero del Instituto Linguístico de Verano allí por 1958.

Pensaba, a partir de este texto, lo importante que son las ficciones en mi propia vida. No sólo los múltiples libros que me acompañan y me siguen acompañando, sino las múltiples historias que son parte de la tradición familiar. Verdaderas o no, me han acompañado y se siguen transmitiendo de generación a generación. Algunas tienen que ver con la casa de una de mis bisabuelas en Arequipa, de techos altos y habitaciones grandes. Mi madre iba de visita cuando era niña y tenía un temor muy grande de cruzar el comedor a oscuras porque se escuchan ruidos extraños. Fueron mis tías quienes contaban que, algunas noches, los habitantes que dormían en el segundo piso se despertaban por los ruidos de la vajilla que se rompía en el primer piso o los ruidos de los cubiertos desparramándose por todas partes, cayendo en el suelo (casi puedo ver la imagen por habérmela imaginado incontables veces). Cuando alguien se atrevía a bajar y encendía la luz encontraba todo en su sitio y en orden.  Otras son las historias de la hacienda en San Juan de Tarucani donde vivía mi abuela cuando era niña, en la sierra de Arequipa, y las apariciones de un hombre blanco, alto y delgado, que se metía por las rendijas de la puerta en la noche y se estiraba por toda la pared mientras mi abuela y su hermana se acurrucaban tapándose la cara con la sábana.  Mis tíos nos contaban estas historias y muchas otras de aparecidos, cuando iban a cuidarnos mientras mis padres se iban al cine… ¿cuánto de verdad y cuánto de mentira en todo esto? A estas alturas de mi vida no importa… fueron muy reales para mí y son parte de las historias de mi infancia que ahora le cuento a mis hijos.

Por el lado de mi padre hay muchas otras historias, ligadas más a la pobreza con que se vivía en los años 40 en Arequipa. Mi abuelo era un hombre bueno, pero los levantaba al alba a sus hijos y al que no quería despertarse le echaba ortiga a los pies!!! Las historias sobre sus compañeros del colegio Independencia, el levantamiento contra Odría del 50 han quedado en mi memoria y se confunden con la realidad. Mi bisabuela era una señora que prestaba plata y cuando murió nadie encontró los papeles de las personas que le debían. Sólo dejó una maleta de ropa. Pero una historia que siempre me impresionó era cuando mi padre estaba como interno en la primaria, en un colegio que no recuerdo. Me contaba que a la hora del almuerzo les servían a todos la sopa; al que no comía le echaban el plato de fondo sobre la sopa; y encima el postre. Nadie se levantaba si es que no terminaba el amasijo resultante…

Todos necesitamos estas historias… son parte tembién de lo que somos, lo que creemos, lo que soñamos. Ficción o realidad no importa. Es como las decenas de películas que mi madre me contaba cuando era niño luego de que ella iba al cine (incluídas las populares “Terremoto”, “Infierno en la torre” o “Soylent Bean” y que yo “siento” haberlas visto) y que yo reconstruía en mi mente con sus palabras y mi imaginación. Recientemente me he enterado que su madre hacía lo mismo con ella con las películas de Libertad Lamarque en los 40.

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