Mes: febrero 2009

“Estos días azules y este sol de infancia”

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antoniomachadoMe uno a los que han recordado a Antonio Machado a los 70 años de su muerte, el 22 de febrero de 1939, es decir, hace 70 años. El verso del título fue encontrado por su hermano en los bolsillos de su ropa, revelando su sensibilidad y esta pasión por las cosas que trashuma toda su poesía.

Como a muchos, los versos de Machado me han acompañado a lo largo de mi vida, en varias ocasiones, leídos o musicalizados por Serrat. Sólo quiero recordar aquél que inspiró al jesuita Carlos Vallés a escribir uno de sus libros más bellos, que habla sobre el desprendimiento y la voluntad de estar preparados para marchar, cuando nos toque, como mi padre y algunos amigos que ya emprendieron el camino sin retorno…

“…Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.”

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Detrás de las tetas asustadas

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FILM-BERLIN/Mi amiga Mabe ha publicado un post extraordinario en su blog, Lo que me sale del forro, a propósito del triunfo de la boxeadora peruana Kina Malpartida y el reciente premio a la película “La teta asustada” de Claudia Llosa.  Mabe dice:  “Me gustaría saber si las mujeres de la teta asustada, y las hijas de las mujeres de la teta asustada ven el triunfo de Claudia Llosa como el triunfo de una mujer peruana. Si se sienten representadas. Si las mujeres víctimas de la violencia en todas sus formas, sexual, psicológica, urbana (baste con viajar en micro para saber a qué me refiero), en fin, de todas las violencias habidas y por haber, si esas mujeres desearían enfundarse en los guantes de la Malpartida para arremeter a puñetazos contra el mundo y superar sus frustraciones… ”

Mabe aborda un tema complejo, que está en las raíz de todas nuestras contradicciones como país, aquellas que quisiéramos enterrar y que no salgan, mucho más luego de estos años de triunfalismos, de crecimiento de la economía a 9%, de malls sembrándose por todas partes, de este discurso del crecimiento… Son más de cinco años que se presentó el Informe de la Comisión de la Verdad y estoy seguro que son pocos los que han leído, siquiera un resumen o las conclusiones, o el capítulo terrible sobre la violencia contra las mujeres. Mucho menos, interiorizado que lo terrible que pasó no fue gratuito, sino que refleja esas fracturas insondables de nuestra patria, aquellas que condicionaron la violencia terrible de esos años, pero que generan también lo que sigue sucediendo hoy a pesar de este barniz de eficiencia y modernidad con que nos hemos querido bañar en estos años: no sólo es la inequidad terrible que hace, por ejemplo que algunos reciban una educación de primera y otros no tengan sus maestros sino hasta la mitad de mayo por causa de ineficiencias burocráticas. Es esa manera de mirarnos, de desconfiar unos de otros, de escondernos entre muros, de levantar rejas y sembrar rompemuelles…

Hay que alegrarnos por Cecilia Llosa y por los triunfos de tantos peruanos y sobre todo peruanas en tiempos recientes (Sofía Mulanovich, las chicas del voley, entre otras). Pero alegrarnos por tantas y tantos peruanos que han seguido caminando y construyendo (re-construyendo) sus vidas a pesar de las ausencias y las cicatrices visibles e invisibles.

Me hizo recordar el poema que escribió mi amigo Pipo (Jorge Calle) sobre el tema de los desaparecidos allá por los años 80, y que me sigue resonando hoy:

¿ Quién ha pensado que nos duele tanto

este descoyuntamiento

para quedarnos marchitos, sin canción ni poesía ?

¡ Qué lo sepa ! … que se entere:

nos destrozan y gemimos en camino.

Mientras nos guarde, cabizbajo, el sacram­entado hermano

y se dibujen suspiros en los árboles

y se recojan atrevidos capullos maternales

y se pronuncie el rostro del forzado ausente,

no estaremos muertos, sino celebrando serena pascua.

Coraline: una lectura personal

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CoralineEste fin de semana fui con mis hijos a ver la película “Coraline” de Henry Selick. Como en otras ocasiones las películas infantiles, pueden estar llenas de lugares comunes, divertidas para los niños pero aburridas para los adultos. En este caso, sin embargo, y como me ha ocurrido varias veces, hay películas infantiles que revelan más cosas de los que uno pudiera esperar, dignas de poder ser analizadas, remiradas, repensadas.

En este caso, una niña de padres ocupados y displicentes, metidos cada uno en su laptop, vaga por la casa y encuentra una puerta que en las noches la lleva a otra dimensión. En ella, otros padres, que son todo lo opuesto, amorosos, le preparan comida de verdad, le prestan atención, le abren la puerta hacia un jardín maravilloso y la hacen sentir realmente importante. La diferencia: todos los personajes en este mundo paralelo, en vez de ojos, tienen un par de botones cosidos en la cara… Pero, como en esta vida, no puede ser verdad tanta belleza, pronto se devela el misterio. La “otra madre” resulta ser una bruja que quiere atrapar a Coraline, como hizo antes con otros niños, en este mundo de fantasía, que resulta siendo todo falso…

¿Fantasía o realidad? ¿No este es el tema recurrente de la filosofía? La vida nos enseña a sospechar de lo perfecto, de lo absolutamente transparente, hermoso, delicioso. Sencillamente, lo humano es la imperfección, la contradicción. Nuestros padres nunca fueron perfectos, aunque hayan tenido genialidades. Nosotros no somos padres perfectos, a pesar de nuestros esfuerzos. No existe el paraíso en la tierra, siempre estamos buscando algo más allá. Pronto se devela que el paraíso esconde tormentas y huracanes, nada bello dura para siempre. Por eso, la lección para Coraline, como también para nosotros, es que recordemos siempre lo precario de todo lo humano: no hay relación perfecta, amor romántico, paternidad sin complicaciones, trabajo ideal, amigos para siempre, ni isla de la fantasía. La felicidad existe, pero son oasis en medio de desiertos de mediocridad o nimiedad. Si no fuera así, ¿cómo saber que somos felices? Estamos aprendiendo siempre a vivir, aceptando las limitaciones y las falencias de nuestras decisiones, de nuestros caminos. Pero en medio de ello siempre hay flores de estación, momentos de lucidez, atardeceres luminosos, canciones en la niebla.  Hay que acptarlo, y aunque tenemos ojos y no botones, a veces ello no es suficiente y seguimos persiguiendo lo imposible…

Mucho para una niña de nueve y otra de siete, ¿no? Pero ya aprenderán alguna de estas lecciones, a su tiempo y a su manera, siguiendo su propio camino….

Saber esperar

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“Vivimos en una época en que ‘esperar’ se ha convertido en una mala palabra. Poco a poco hemos erradicado en la medida de lo posible la necesidad de esperar para algo y el último adjetivo de máxima actualidad es ‘instantáneo'”. Laura Potter. Citada por Zygmunt Bauman. “¿Qué hay de malo en la felicidad?”

sillaReconozco que no me gusta esperar… A pesar de lo que diga Laura Potter, las salas de esperas no son un espacio de relajación. Sin embargo, el hecho de que no me guste no significa que no lo haga. Parte de crecer ha significado aprender a postponer lo placentero, pero ¿dónde está el limite? Mis hijos se desesperan con facilidad. Hijos de la globalización y del fast-food, fast-todo sólo quieren que se termine el almuerzo para ir televisión, o jugar con la computadora. Les gusta salir a pasear, pero si fuera en helicóptero, que les ahorrara el tráfico de Lima o la carretera hacia la playa, sería mucho mejor. Creo que a todos nos cuesta, en este mundo complicado y turbulento del siglo XXI, reaprender a esperar, vivir con más paz y serenidad los ciclos de la vida (y de la muerte). Como esperamos los 9 meses a cada uno de mis hijos, viendo como crecía la barriga de Norma, imaginando sus caritas. O viendo crecer al arbolito que sembramos en la puerta de la casa cuando nació José Manuel. O esperando el viaje de vacaciones en familia para mitad de año…

Creo que de eso se trata un poquito la felicidad. Saborear lo que está por venir, preparar el corazón, como decía el Principito de Saint Exuperi. O como una de las últimas entradas del blog de Ángeles Mastretta hablando de Aura Zafra, una monja medio vieja y enferma que no había perdido el sentido por la vida, que tenía la “fiesta adentro” y buscaba las razones para hacerlo. “¿Y cómo se hace”, preguntaba Ángeles. “Abriendo ventanas” – era la respuesta. Sí, tenemos que abrir ventanas, no dejarnos embaucar por el facilismo que nos ofrece este sistema impersonal, aséptico. Más bien, ir por el mundo saboreando la vida, con las ventanas abiertas para que entre lo inesperado, el amor y el dolor de los otros…

Dicen que no encontramos nada

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(c) Maitena
(c) Maitena

Norma dice que no sé buscar, pero yo creo que tiene que ver con diversas nociones de orden. Porque si algo tengo yo es ser ordenado. Pero pueden ser diversos tipos de orden, o áreas específicas donde reina uno u otro en la familia. Siempre sé donde están mis llaves, no como ella. Pero si se trata de ver donde está la ropa de las chicas, o los peines, no tengo idea. Más bien, cuando ya estoy aprendiendo a ubicarme, me cambian de sitio las cosas, con esto de que en la variación está el gusto.

En fin, nadie dijo que el mundo sea perfecto. Lo importante es poder acercarnos a la lógica del otro y eso es tratar de entender cómo se organizan las cosas, con qué prioridades. Eso es parte de la convivencia porque, tanto el amor como el diablo están en los detalles…

Nuestra vida (parcialmente) inventada

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“Es un error creer que soñamos y fantaseamos de la misma manera que vivimos. Por el contrario, fantaseamos de la misma manera que vivimos. Por el contrario, fantaseamos y soñamos lo que no vivimos, porque no lo vivimos y quisiéramos vivirlo. Por eso lo inventamos: para vivirlo de a mentiras, gracias a los espejismos seductores de quien nos cuenta las ficciones.” (Mario Vargas Llosa. “El Viaje a la Ficción. El Mundo de Juan Carlos Onetti”)

Vargas Llosa tiene una magnífica introducción en su último libro sobre Onetti que habla del valor de la ficción. Y cuenta además la manera como se gestó su libro “El hablador” basado en una historia sobre este personaje de los machiguengas del que escuchó hablar por primera vez a un misionero del Instituto Linguístico de Verano allí por 1958.

Pensaba, a partir de este texto, lo importante que son las ficciones en mi propia vida. No sólo los múltiples libros que me acompañan y me siguen acompañando, sino las múltiples historias que son parte de la tradición familiar. Verdaderas o no, me han acompañado y se siguen transmitiendo de generación a generación. Algunas tienen que ver con la casa de una de mis bisabuelas en Arequipa, de techos altos y habitaciones grandes. Mi madre iba de visita cuando era niña y tenía un temor muy grande de cruzar el comedor a oscuras porque se escuchan ruidos extraños. Fueron mis tías quienes contaban que, algunas noches, los habitantes que dormían en el segundo piso se despertaban por los ruidos de la vajilla que se rompía en el primer piso o los ruidos de los cubiertos desparramándose por todas partes, cayendo en el suelo (casi puedo ver la imagen por habérmela imaginado incontables veces). Cuando alguien se atrevía a bajar y encendía la luz encontraba todo en su sitio y en orden.  Otras son las historias de la hacienda en San Juan de Tarucani donde vivía mi abuela cuando era niña, en la sierra de Arequipa, y las apariciones de un hombre blanco, alto y delgado, que se metía por las rendijas de la puerta en la noche y se estiraba por toda la pared mientras mi abuela y su hermana se acurrucaban tapándose la cara con la sábana.  Mis tíos nos contaban estas historias y muchas otras de aparecidos, cuando iban a cuidarnos mientras mis padres se iban al cine… ¿cuánto de verdad y cuánto de mentira en todo esto? A estas alturas de mi vida no importa… fueron muy reales para mí y son parte de las historias de mi infancia que ahora le cuento a mis hijos.

Por el lado de mi padre hay muchas otras historias, ligadas más a la pobreza con que se vivía en los años 40 en Arequipa. Mi abuelo era un hombre bueno, pero los levantaba al alba a sus hijos y al que no quería despertarse le echaba ortiga a los pies!!! Las historias sobre sus compañeros del colegio Independencia, el levantamiento contra Odría del 50 han quedado en mi memoria y se confunden con la realidad. Mi bisabuela era una señora que prestaba plata y cuando murió nadie encontró los papeles de las personas que le debían. Sólo dejó una maleta de ropa. Pero una historia que siempre me impresionó era cuando mi padre estaba como interno en la primaria, en un colegio que no recuerdo. Me contaba que a la hora del almuerzo les servían a todos la sopa; al que no comía le echaban el plato de fondo sobre la sopa; y encima el postre. Nadie se levantaba si es que no terminaba el amasijo resultante…

Todos necesitamos estas historias… son parte tembién de lo que somos, lo que creemos, lo que soñamos. Ficción o realidad no importa. Es como las decenas de películas que mi madre me contaba cuando era niño luego de que ella iba al cine (incluídas las populares “Terremoto”, “Infierno en la torre” o “Soylent Bean” y que yo “siento” haberlas visto) y que yo reconstruía en mi mente con sus palabras y mi imaginación. Recientemente me he enterado que su madre hacía lo mismo con ella con las películas de Libertad Lamarque en los 40.

Inventario personal

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fireflower2Una de las últimas entradas de la escritora mexicana Angeles Mastretta en su blog se titula “Si yo fuera rica” en el que hace un inventario de las cosas que la hacen sentir afortunada, aunque no tenga que ver con dinero u otras cosas que uno esperaría. Es más bien la suma de las cosas por las que vele despertarse una mañana: una persona al lado, los hijos, en trabajo estimulante, etc. Esto me hizo recordar algo que yo siempre he hecho desde hace varios años, de vez en cuando, sobre todo en las mañanas más grises o en los momentos de mayor desolación: hacer un inventario personal de las pequeñas cosas que me mantienen vivo y me alegran. Hace bastante tiempo que no hago ese ensayo, no porque mi vida sea pefecta ahora sino por las ocupaciones múltiples y las responsabilidades paternales (que ocupan 24 horas, o un poco menos cada día, fines de semana inclusive). Pero aquí va, mi lista actualizada, sin orden ni concierto, tal como van saliendo: 1) el sol del verano, sobre todo en la playa;  2) la visita de mi entrañable amigo Pipo;  3) la llamada semanal a mi madre;  4) las fotos de mis amigos en Facebook;  5) la risa espontánea de mi hijo;  6) el último libro de Benedetti;  7) el chocolate (siempre);  8 ) la música en portugués (sobre todo la bossa nova);  9) el jazmín que floreció en la esquina;  10) un cebiche en la playa;  11) la hora de salir de la oficina;  12) mis hijos durmiendo luego de un aventurero día de vacaciones;  13) mi madre llamando desde Arequipa;  14) el nuevo perro que mis hijos esperaban y que llega a casa en 15 días;  15) un buen  milshake de fresa;   16) decir “corazona” a mi Norma;  17) mi hija aprendiendo a tocar guitarra;  18 ) mi última novedad tecnológica: un disco externo de 500GB donde cabe todo, TODO;  19) recordar a mi padre y sentir que cada vez me parezco más a él (incluso en la pelada);  20) la emoción de escribir en este blog y que alguien lo lea.

¿Cuál es tu lista?